Fragmento#08 (Cartas)

22 de Febrero

La abuela se encontraba sentada a la mesa de la cocina, sobre ella se encontraba la caja azul, la caja de las cartas. Se la veía muy concentrada leyendo, y como no reparó en mi presencia decidí quedarme en el marco de la puerta contemplándola, así pude ver las variopintas expresiones que pasaban por su rostro: nostalgia, alegría, asombro, miedo, entusiasmo.

Sabía de quién eran esas cartas, en el año recibíamos cuatro de ellas: en marzo, junio, septiembre y diciembre. Y cada una traía una emoción diferente que se instalaba en nosotras hasta la próxima que llegaba. Con el tiempo empezamos a fortalecernos y  nos decíamos que si había logrado redactarla era que se encontraba bien y que la próxima ya nos traería buenas nuevas.

Estaba sumida en mis cavilaciones cuando me percaté de que la abuela había levantado la vista y me contemplaba como yo a ella unos minutos atrás, me dijo:

-Dentro de poco recibiremos una nueva, estaba haciendo un repaso de todas sus aventuras.

-Sí, no quería molestarte por eso no dije nada.

-No te preocupes, ¿tomamos un té? Podemos repasar las cartas juntas.

-Es una gran idea abuela. Me miro con una expresión divertida en sus ojos y me dijo:

-Mis ideas siempre son buenas Ceibo. Y le di la razón.

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Fragmento#07 (Tren)

16 de Febrero

Esa mañana iba a seguir lijando el ropero de la abuela, es mi proyecto: primero lijarlo, luego darle una nueva capa de pintura. Es una actividad que me resulta relajante. Pero me detuve a mitad de camino, mi mano en el aire, sosteniendo el papel de lijar, cuando escuché un sonido muy familiar: era el pitido del tren, ¡el tren! Ese enorme gigante que tantos momentos de felicidad ha traído a mi vida. Recuerdo que de pequeña aferraba la manga de la abuela y decía:

-Abuela es el tren, es el tren. Y ella muy sonriente decía

-¿Ceibo a donde viajaremos ahora?

Entonces nos encaminábamos hasta las vías y lo veíamos pasar rumbo a la ciudad, hasta que lo perdíamos de vista. Cómo vibraba todo a su paso, la gente asomada a la ventana saludando, el humo que despedía la locomotora…todo eso era fascinante. Y lo sigue siendo.

Salí de la casa y la abuela me estaba esperando sonriente con Küme a su lado, sin decirnos nada fuimos hacia las vías a recibir al gigante de acero.

Fragmento #06 (Sueños de agua)

10 de Febrero

Anoche me dormí temprano y en mis sueños el elemento que se repetía era el agua. Primero soñé que estaba a orillas del mar con la abuela contemplando el agua de un intenso color turquesa.

Era invierno y soplaba un poco de viento, las sombras del atardecer se iban alargando y cubriéndolo todo. Estábamos juntando agua en un frasco porque la abuela decía que tener agua de mar es relajante y da tranquilidad.

En el segundo sueño aparecíamos contemplando una casa rodeada de agua, por dentro el agua corría por las paredes como si fuera un río, pienso que tendría que haber aparecido un plomero.

Al contarle mis sueños a la abuela a la mañana siguiente me dijo:

-Tendremos que ir a conocer el mar. Yo también soñé con agua Ceibo, copiaste mis sueños.

Y las dos comenzamos a reír.

Fragmento #05 (Recuerdos)

4 de Febrero

Después de la lluvia se instaló un calor húmedo del que quita hasta el sueño, pensé en el abuelo. Él con días así salía a la madrugada a sentarse bajo el ciruelo y tocar la armónica.

El abuelo era una persona tranquila y gentil, siempre estaba de buen humor. Me hacía juguetes con madera mientras silbaba una melodía, yo miraba fascinada como la madera iba cobrando forma en sus manos. Luego los pintaba y me los entregaba sonriendo. Los conservo a todos, son mi tesoro.

De noche salíamos a ver las estrellas, nos pasábamos horas contemplándolas. Y en el invierno, cuando volvía de la escuela con las manos heladas (siempre perdía mis guantes) él tomaba las mías entre las suyas y me daba calor.

Al igual que la abuela también me narraba historias, en las que aparecían piratas, dragones, aventureros, duendes y brujas. Sabía algunas leyendas mapuches que le había enseñado la abuela y también me las contaba.

Además de los juguetes que hacía para mí, el abuelo construía y reparaba muebles. Trabajaba en un taller de carpintería en la ciudad. Iba en bicicleta hasta la casa de la señora Lavanda, y luego el esposo de ésta lo llevaba en su camioneta hasta la ciudad. Decía que hacer esos 3 kilómetros en bicicleta todos los días era un buen ejercicio.

Un sonido muy familiar interrumpió mis recuerdos: la armónica. Salí al jardín y bajo el ciruelo la abuela con Küme a su lado tocaba una de las melodías favoritas del abuelo. Al verme nos sonreímos. Me senté a su lado y nos quedamos recordando al abuelo hasta que amaneció.

Fragmento #04 (Bajo la lluvia)

1 de Febrero

Llovía torrencialmente, la abuela hacía crucigramas (dice que son divertidos y la ayudan a concentrarse mejor) yo me entretenía mirando las gotas de lluvia deslizarse por la ventana. De pronto me percaté de una silueta que corría de un lado a otro.

Tomé el impermeable del perchero de la entrada y salí sin más, no le avisé a la abuela, tan apresurada estaba por llegar hacia lo que me parecía era un perro. Resultó ser así, era un pequinés completamente mojado, desorientado y asustado.

Cuando estuve lo suficientemente cerca le hablé con suavidad:

-No es momento de estar jugando afuera con esta lluvia, vamos a la casa.

El perro atento a mi voz, meneó la cola y fue hacia mí. Lo tomé en brazos y lo llevé a casa, en la entrada me esperaba la abuela preocupada.

Desde que había salido corriendo había estado en la puerta buscándome con la vista ansiosamente a través de la cortina de agua. Luego me dijo que cuando vio la capa roja (ese es el color de mi impermeable) respiró aliviada.

Al conocer la causa de mi precipitación no se enojó, pero me dijo:

-Después de este rescate vas a resfriarte.

No pensé que fuera así y se lo dije. Ella sonrió y agregó:

-Vamos a prepararle un lugar a nuestro nuevo amigo.

Lo acomodamos en un rincón de la cocina, y decidí llamarlo Küme. Por tres días la abuela se ocupó muy bien de él mientras yo me recuperaba del vaticinado resfriado.

Fragmento #03 (Lirio y Violeta)

28 de Enero

Por la tarde la abuela tejía a pesar del calor (es una tejedora tenaz) mientras yo ordenaba los libros de las repisas, los cuales en su mayoría son de cocina y tejido, de pronto la abuela levantó la vista de su labor y dijo mientras sonreía:

-Lirio y Violeta están por llegar.

Ante mi mirada interrogante explicó:

-Siempre vienen tres días antes de que acabe el mes.

Lirio y Violeta son nuestras vecinas, si salvamos los 3 kilómetros que separan su casa de la nuestra. Son las hijas de la señora Lavanda la herborista, las niñas tienen fascinación por mi abuela, ellas no conocieron a la suya asique adoptaron a la mía como propia.

Empecé a escuchar voces infantiles aproximándose y fui a su encuentro, las dos hermanas venían tomadas de la mano. Lirio con su cámara colgada al cuello y Violeta con un frasco en el cual llevaría el último insecto capturado.

-¡Buenas tardes Ceibo!-dijeron a coro.

Hice una reverencia y les dije:

-Buenas tardes, sean bienvenidas a nuestra humilde morada.

La abuela las esperaba en la cocina, se abalanzaron sobre ella y le contaron su travesía:

-Abue, por el camino encontré una mantis-dijo Violeta mostrándole el frasco.

-Y yo fotografié una nube con forma de sirena dijo Lirio.

La abuela las escuchaba atentamente sonriendo y les dijo:

-Mis aventureras ¿no tienen calor después de tan largo viaje? Vamos a sentarnos bajo el ciruelo.

Lirio y yo comimos ciruelas mientras la abuela tejía y Violeta dejaba a la mantis en el ciruelo, la morada de todos los insectos que atrapa por el camino a nuestra casa.

Al atardecer la abuela nos contó una leyenda mapuche, la escuchamos embelesadas. Cuando finalizó, Violeta afirmó con una gran sonrisa:

-La abuela es una tejedora de historias.